El campo de refugiados de Kara Tepe, en Lesbos

El campo de refugiados de Kara Tepe, en Lesbos (FOTO: Aggelos Barai - Anadolu Agency)

El último dato sobre el número de refugiados en todo el mundo facilitado por el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) revela que había 79,5 millones de personas en esta situación en 2019, lo que supone cerca del 1% de la población mundial. Muchos de ellos quedan instalados en campos a la espera de obtener o no la residencia en el lugar de llegada; sin embargo, lo que debería ser una solución temporal se convierte, en muchos casos, en permanente.

La lentitud en la resolución de las demandas de protección internacional es la principal razón por la que un migrante suele permanecer durante años en un campo. Según datos de ACNUR, una persona obligada a desplazarse puede pasar una media de 17 años en uno de estos emplazamientos hasta que pueda regresar a su país u obtenga permiso para establecerse en otro. Además, los lugares donde se instalan los campamentos de refugiados suelen presentar importantes carencias, porque son los únicos espacios que están disponibles en estos países.

En estos campos existen malas condiciones de higiene y faltan agua corriente y aseos limpios, lo que, a su vez, ha provocado la aparición de enfermedades como la malaria, la hepatitis vírica o la meningitis, y de otras ya desaparecidas, como la leptospirosis y la sarna. Los servicios médicos del campo no suelen dar abasto. La sobrepoblación de estos centros genera además que, aunque cada día se distribuyan miles de kilos de alimentos, no siempre haya raciones para todos, lo que provoca una enorme ansiedad entre los residentes, que no saben si podrán comer ese día, y enfrentamientos por ello.

En el actual contexto migratorio, hay cada vez más campos donde las condiciones no son las adecuadas. En Grecia, donde se produjeron 12.300 entradas el año pasado, se encontraba el campamento de Moria, que se incendió el pasado mes de septiembre. Actualmente, hay otros como el centro de Vial, en la isla de Quíos, o el de Kara Tepe, en Lesbos, que se encuentran en una situación extrema. En el primero, que se instaló en una fábrica de aluminio abandonada, aproximadamente 4.000 personas pertenecientes a colectivos vulnerables fueron trasladadas en 2020 a la Grecia continental, pero otras 2.500 permanecen en él en situación de hacinamiento. En cuanto al segundo, el Gobierno heleno anunció en febrero su próxima clausura tras las denuncias por la vulneración de los derechos humanos de los residentes.

Canarias, por su parte, se ha convertido en uno de los lugares donde las entradas de migrantes han aumentado más en los últimos meses. Por ello, el Gobierno puso en marcha, en noviembre de 2020, el Plan Canarias, con 7.000 plazas en campos de refugiados distribuidos entre Tenerife, Gran Canaria y Fuerteventura. La reacción ha sido diferente según cada centro, ya que, en algunos lugares, los vecinos han protestado contra la presencia de estas personas, e incluso se han producido incidentes xenófobos, y en otros, la recepción ha sido mejor. Todo ello ha motivado que las autoridades locales hayan solicitado en repetidas ocasiones al Ejecutivo que traslade a estas personas a la península para reducir la presión migratoria sobre ese territorio.

No todos los campos son iguales

Los expertos coinciden sin embargo en señalar que no todos los campamentos de refugiados tienen las mismas condiciones y carencias. Los más grandes funcionan como pequeñas ciudades, con oficinas de las ONG e instituciones internacionales que pueden ser visitadas de manera diaria por los solicitantes de asilo para hacer un seguimiento de su petición, algo fundamental para su futuro en el campo.

Existen cada vez más iniciativas que hacen la vida en los centros un poco más agradable. Algunas de las más destacables son las de tipo educativo, como la misión de UNICEF “School-in-a-box”, que puede enviar suministros a cualquier colegio del mundo en apenas 48 horas, y que se ha utilizado en varios campos de refugiados en todo el mundo, o la campaña del Consejo de Refugiados Finlandés (CRF) para promover la educación para adultos y el aprendizaje de inglés en los campamentos.

El incremento en los flujos migratorios internacionales hace probable que el número de campos de refugiados aumente sensiblemente en los próximos años. Por ello, existe un cierto consenso sobre la necesidad de profundas reformas, tanto para mejorar la salubridad y las condiciones de estas instalaciones como para reducir al máximo los plazos de resolución de las solicitudes de asilo. Los países han de respetar los aforos de estos emplazamientos para evitar que se produzcan situaciones de hacinamiento que puedan tener consecuencias para la seguridad del campo.

Asimismo, debería garantizarse por parte de las instituciones internacionales que los campos de refugiados cumplan su función original, es decir, sean un emplazamiento temporal hasta que se resuelvan las solicitudes de asilo. De lo contrario, se seguirán generando situaciones como las vistas en los últimos años y una solución duradera para este problema seguirá alejándose.